Tenía 20 años. Era misionero. No debía estar pensando en mujeres. Tenía que tocar puertas, leer escritura, y guardar mi corazón para mí mismo.
Pero toqué en la puerta de tu tía
y vi esos ojos viéndome
desde la ventana de la cocina.
Ya estaba rompiendo reglas antes de que abrieran la puerta.
Mandándote mensajes. Buscando excusas para regresar.
Coqueteo limpio — sin tocarnos — pero mi corazón
ya era completamente tuyo.
Sabía que estaba en problemas.
Pedí un transfer para salvarme.
No me salvó de ti.
Mi compañero soltó la sopa frente a ti: "¿Quieres que regrese por ti?"
Nos sentamos en un tronco a lado del camino, frente a la casa de tu tía Lupita.
Él nos miraba desde lejos.
Dijiste que sí.
Sin saber si iba a cumplir. Sin garantías.
Dijiste que sí de todos modos.
Compré un celular de prepago a escondidas. Mi compañero y yo nos la pasábamos en el café internet — él leyendo, yo escribiéndote.
eldergoodman → dianingis. Toda la noche en MSN.
Una vez convencí a una señora de mandarte un oso de peluche por correo. No sé cómo le expliqué. Nada más lo hice.
Regresé a San Pedro en diciembre.
Ya no como misionero. Ya no con reglas.
Regresé por ti.
Tu tía me abrió la puerta otra vez.
Tu mamá me miró de arriba a abajo — el gringo que su hija conoció en los últimos meses de su misión.
Tu papá no dijo nada. Me dio la mano y un plato de comida.
En año nuevo la casa se llenó de risa.
Confeti por todos lados. Coca-Colas en la mesa.
Tu hermanita corriendo con una cuerda de confeti.
La Virgen de Guadalupe cuidándonos desde la pared.
Me presentaste al abuelo.
Se sentaron juntos en el sillón verde — tú recargada en su hombro
como si fueras chiquita otra vez.
Él me miró y asintió.
Creo que eso fue su bendición.
Esa noche me puse la chamarra de gamuza —
la que te gustaba — para la foto afuera de la capilla.
Tú de suéter rosa. Yo queriendo verme como novio
y no como misionero.
La noche se hizo larga.
Nos quedamos en la sala cuando todos se fueron a dormir.
Dormimos abrazados — manos en la pansa
porque temíamos hacer más.
Al final nos encontraron acostados en el sillón —
tu chamarra de gamuza encima como cobija,
el cojín azteca debajo,
y los dos con cara de "ya nos cacharon."
No pedí permiso para enamorarme.
No esperé a que el mundo estuviera listo.
Solo supe — desde la ventana hasta este sillón —
que donde tú estuvieras, ahí era mi casa.
Después del silencio…
un mensaje.
"¿Vamos a ver a Juanes?"
Ella sabía lo que estaba haciendo.
Yo también.
Fuimos. Cantamos "Es Por Ti" como si fuera 2002.
Como si no hubieran pasado veintitrés años, dos hijos, mil despedidas.
Por ti seré, por ti seré
más fuerte que la adversidad.
Pero también cantamos "La Camisa Negra".
Porque ya sabemos lo que duele.
Porque el amor sin cicatrices no es amor —
es cuento.
Tengo la camisa negra
porque negra tengo el alma.
Siempre he dicho que nuestro amor es como una canción.
Y esa noche entendimos que vivir una canción no es lo mismo que oírla.
Oírla es bonito. Vivirla duele, cansa, y a veces desafina.
Después del concierto, nada de lo que esperarías.
No nos besamos. No hubo más.
Solo nos abrazamos en mi sillón.
Pusimos a Nicho Hinojosa. Cantamos
"Te Amo" juntos, bajito, como una oración.
Ella lloró.
Yo sabía por qué.
Te amo, te amo,
como no tienes una idea.
Al día siguiente dijimos "sabemos que no va a funcionar."
Fuimos a la feria de todos modos.
El sábado yo tenía otros planes.
Para el miércoles ya estaba de vuelta en mi casa.
Ella tenía un cuarto rentado. Se había salido de casa de su hermana, buscando su propio espacio. Un lugar suyo.
Nunca durmió ahí. Ni una noche.
"Temporalmente", dijimos.
Canceló la renta.
Para alguien que nunca se queda — se quedó.
Ya van cinco meses.
Y cada día que no se va es el acto de amor más grande que me puede dar.
Llevo rato pensando qué escribir aquí. Veintitrés años. ¿Cómo le escribes un Valentine a alguien que ya te conoce todos los trucos?
No sé. Supongo que dices la verdad y esperas que no te cache en la mentira.
La verdad es que me enamoré de ti por una ventana. Tenía 20 años, estaba en los últimos meses de mi misión, y estaba estrictamente prohibido hacer lo que estaba haciendo. Pedí un transfer al mes — no porque no me gustaras, sino exactamente porque sí. Me salté mi primera Navidad con mi familia después de dos años lejos. Dos años. Y ni lo pensé. Nada más me quedé. Eso no lo entendí hasta mucho después. En ese momento nada más — ya. Hecho.
La verdad es que nos casamos diez días después de que llegué por ti. Diez días. Tu mamá nos hizo poner persianas, pintar paredes, organizar una boda como Dios manda. Desde entonces no hemos parado de pintar. Pintando toda la noche. 🖌️ Esa frase tiene como cuatro significados y todos son ciertos. Y tú sabes exactamente cómo me miras cuando quieres que deje de hablar y empiece a pintar.
La verdad es que nos rompimos. Fuerte. Y no voy a entrar en detalles aquí porque tú y yo ya sabemos — y lo que sabe el público es suficiente. Nos fuimos años. Viví otras vidas enteras. Tú también. Y no te voy a decir que "siempre supe" que íbamos a volver porque estaría mintiendo y tú me cacharías inmediatamente.
Pero aquí estoy. No porque sea fácil. Ni porque me lo merezca. Sino porque tus ojos desde esa ventana de cocina siguen siendo los mismos ojos que veo cuando despierto — y todavía me desarman exactamente igual. Eso es un problema que llevo 23 años sin resolver y honestamente ya dejé de intentar.
Este es nuestro primer Valentine juntos de nuevo. Después de TODO. Y no voy a pretender que somos un cuento de hadas — somos la pareja que fue a Sábado Gigante y perdió los dos juegos. Somos los nombres grabados en una placa de zoológico, en la exhibición de los tigres, que nadie lee. Somos la brocha gorda a medianoche — y a las 6am — y a veces otra vez antes del lunch porque ya que estamos pintando pues pintamos. Somos un desmadre hermoso. Somos nuestros.
Hay algo que quizás no sabes que veo.
Tienes miedo. Yo lo sé. A veces te escondes detrás de esa fuerza que intimida, y a veces empujas lejos a quien más quieres porque te da miedo que no dure. Sé que tu miedo se disfraza de huida y el mío de ansiedad. Es nuestro baile.
Y aunque a veces nos pisamos los pies, no cambiaría de pareja.
Te vi el primer día. Vi tus ojos y vi algo que reconocí. Vi que, igual que yo, habías tenido que ser fuerte demasiado tiempo. Y pensé —y sigo pensando— que si la vida iba a ser una subida difícil, yo quería subirla contigo. Aferrándonos el uno al otro.
Por eso siempre vuelvo. No porque no entienda el riesgo. Sino porque entiendo lo que cuesta seguir intentando.
Te vi cuando llegamos a Arizona. No hablabas inglés y sé que eso te daba pavor. Pero no te hiciste chiquita. Te sentaste en la mesa con Eli y Ender, horas, practicando spelling cuando tú misma apenas entendías las palabras. Noche tras noche. Aprendiste un idioma entero no para ti, sino para ellos. Para que ellos nunca tuvieran que sentir el miedo que tú sentías.
Esa es la Diana que yo veo. La que cruza fronteras y luego se asegura de que sus hijos pertenezcan. La que es fabulosa no porque no tenga miedo, sino porque nunca, jamás, deja que el miedo le gane.
Pero lo que nunca te digo suficiente es que tú también escogiste. Cada vez. Dijiste que sí en un tronco a lado de un camino cuando un misionero gringo desconocido te pidió que lo esperaras. Me besaste primero — en un taxi, porque te cansaste de que yo no me atreviera. Escribiste la carta al programa para que fuéramos a Miami. Mandaste el mensaje de Juanes cuando pudiste haber dejado el silencio en paz. Tenías tu propio cuarto. Tu propio espacio. No dormiste ahí ni una noche. Cancelaste la renta sin que yo te lo pidiera.
Todo el mundo dice que yo soy el que siempre vuelve. Pero tú eres la que siempre abre la puerta. Y eso — eso cuesta más de lo que yo voy a poder entender.
La verdad es que te escogí a los 20 años sin saber qué estaba haciendo.
La verdad es que hoy te escojo sabiendo exactamente lo que implica.
La verdad es que mañana voy a hacer lo mismo — y pasado también, pero eso ya suena como amenaza.
Feliz día de San Valentín, Dianingis.
(Y deja de leer esto y ven a la cama. Tengo planes que no se pueden poner en una página web.)